miércoles, 26 de diciembre de 2012

LA MUJER Y YO

4

Nos mirábamos a los ojos y nos decíamos
“Hoy daremos la vuelta al mundo en 80 besos”
y nos aferrábamos a cualquier ilusión
y volábamos más allá de las nubes
hacia el centro galáctico del amor
y surgía el poema.

... Después, cuando volvíamos,
volvíamos cayendo
a velocidades inauditas.
El choque de los cuerpos
contra el viento veloz
nos ponía contentos
y algo nos excitaba.
Después, caíamos sin más
en un amor cualquiera.
Éste es un amor terrestre,
decíamos sorprendidos,
un amor vulgar, sin límites,
por eso es que no existe.

Después de los viajes al cielo y de las estrepitosas caídas,
quedábamos impresionados de nosotros mismos:
¿Quién, en nosotros, pudo ese amor sublime?
¿Quién fue en mí el fuego de tus besos?
¿Quién en ti, amada, voló tan alto como el cielo?
¿Quién diluyó nuestros cuerpos en la palabra amor?
¿Qué fue lo que pasó en el mundo
mientras nosotros hacíamos el amor?
Tal vez, un eslabón del hombre
se ha roto para siempre.

Seguramente, amado, le dije,
con ternura incipiente,
alguien murió de más,
alguien vivió de menos.
Seguramente, te darás cuenta
que mientras hacíamos el amor
fueron condenados los hombres justos
y fueron puestos en libertad los gobernantes.

A él, hubo un momento en que mis reflexiones
le parecieron un poco exageradas
y sin mirarme francamente a los ojos
intentó decirme:
Hubo gobernantes que fueron condenados
y hubo hombres justos que, luchando,
consiguieron su propia libertad
y, mirándome con algo de desprecio,
hombres como yo que lo dieron todo
para la libertad y no me quejo
ni simulo estar demasiado vivo,
pasó lo que pasó y nuestro amor
fue la raíz del tiempo.

Miguel Oscar Menassa
De "La mujer y yo", 2003

domingo, 16 de diciembre de 2012

Debut Tangos en la voz de Oscar Menassa acompañado al piano por el Maestro Manuel Valencia


Jueves, 20 de diciembre de 2012 a las 20h
Entrada Gratuita

TEATRO DEL CÍRCULO CATALÁN
Plaza de España, 6 - 1ª Planta (Madrid)
www.miguelmenassa.com

miércoles, 12 de diciembre de 2012

NO TE VUELVAS


No te vuelvas, mi amor,
atrás está el destierro.
La frialdad
de un solitario
beso con la muerte.

Miguel Oscar Menassa
De "Al sur de Europa", 2002

sábado, 8 de diciembre de 2012

PENSAMIENTOS PREVIOS AL ENCUENTRO


Inmerso en un tiempo donde la locura, 
crece hacia los espacios infinitos,
te busco en un sin fin de aconteceres, 
en un sin fin de odios y pantanos
y soles caídos de su centro.

Te busco -hasta el final-
entre los muertos,
blanca basura inmemorial,
te busco en mi mirada.

Miguel Oscar Menassa
De "El amor existe y la libertad", 1984

martes, 4 de diciembre de 2012

25 de Abril de 1982


              
ATADO POR MIS VICIOS

Atado por mis vicios
a sórdidas cadenas
me oculto para no ser
el vuelo de los pájaros.

Del brazo de la muerte
llego por fin a la ciudad.

Viene del sur dirán
es el poeta.

Su amor ama la guerra
y llegó a la ciudad
acompañado por la muerte.

Miguel Oscar Menassa
De "La poesía y yo", 2000

sábado, 1 de diciembre de 2012

ESTOY ENAMORADO



Estoy enamorado de mí mismo
y del mundo, en menor grado
ya que la verdad nos dice
que el mundo viene cojeando.

Estoy enamorado de mí mismo
y de la flor, en menor grado
ya que aunque bella y distinta
marchita muere en mis manos.

Estoy enamorado de mí mismo
y del Sr. Presi, en menor grado
ya que, políticamente,
ha meado fuera del tarro.

Estoy enamorado de mí mismo
y de mi amada, en menor grado
ya que mis versos le han dado vida
y ella, la pobre, ama mis labios.

Miguel Oscar Menassa
De "Al sur de Europa", 2002

lunes, 26 de noviembre de 2012

26 de noviembre de 1976


Comienzo a escribir y siento una ansiedad indescriptible. Se me mezclan y confunden algunos ruidos interiores con algunos ruidos exteriores. Dejo de escribir para prestar más atención a los ruidos.
Voces lejanas can
tan una ronda de paz y, más allá todavía de ese recuerdo infantil sonoro, oigo nítidamente los ruidos que se generan cuando una persona a las tres de la mañana está en el cuarto de baño. Algunos pequeños sonidos como metálicos y la voz siempre cantarina del agua, presencia inalterable, brutal presencia
de mí fuera de mí, perfecto enlace entre mi mugre y el olímpico mar.
Alguien, en el cuarto de baño junto a mi habitación, tomaba agua y hacía buches y después escupía. Se cepillaba las encías con fuerza y después volvía a tomar agua, hacer buches y escupir. De golpe sentí ruidos como que se miraba en el espejo y empalidecía.
Sin moverme del pequeño espacio de mi cama, me sorprende que conmigo viva más gente, pero me sorprende más aún conocer los ruidos que esas personas van produciendo cuando viven.
Esa persona era una mujer, y esa mujer era mi amante y padecía un fuerte dolor de muelas o de encías o de alguna cosa de esa zona de la cara, cerca del ojo, cerca de la nariz, cerca del oído, cerca de la boca, en plena piel. Un dolor tal que, si bien no haría imposible, perturbaría notablemente su capacidad de hablar, de oír, de gustar, de oler, de tocar.
Salió del baño y entró en su habitación y se acostó en su cama. Me acerqué en silencio, me senté al borde de la cama y comencé a liar un cigarrillo de yerba.
- Te traigo medicina –le dije mientras liaba–. Te hará bien fumar.
Y todavía antes de irme, besé con ternura más que con desmedida pasión por encima de las mantas, su sexo y levemente toqué con mis labios su parte dolorida, llegué a sentir que con ese gesto detendría el dolor, y volví a mi habitación. Volver a mi habitación siempre es volver a un mundo que desconozco.
Me recuesto sobre la cama y espero cualquier aparición. Fumo tabaco, porque también me gusta fumar tabaco, y el humo hace más espesa la niebla que me rodea y soñar en esos instantes donde todo es bruma, siempre es lo más fácil. En mi vida actual todo es espejismo, las cosas que soy carecen de ser. Extranjero, poeta,médico del alma.
Ser siempre extraño a mí mismo y enmudecer el alma para que, en ese silencio, se construya un universo humano que no me pertenezca.
Y en esa nada, escribir versos, hasta que la poesía alcance sorpresivamente la cumbre de mi ser y yo me dé cuenta de que ser es imposible para todos.
Después de momentos así, hago como que camino, como que beso apasionadamente a las mujeres en la boca, y me emborracho con los amigos como si viviera la vida plenamente. Y me visto y me peino para salir a la calle, y camino por la calle con elegancia y nunca nadie se da cuenta de que en mí, en el propio tiempo
de mi vida, anidan la bestia y el cantor.
La rauda bestia, embrutecida por el milagro de permanecer durante millones de años siempre igual a sí misma, y el cantor, la voz sonora y material de un humano futuro.
El drama es que ni la bestia ni el cantor pueden reconocer los derechos del otro.
Son dos fanáticos que, si no los detengo, se pasarán toda mi vida luchando en el propio centro de mis palabras, por mi cuerpo.
¿A qué pasión entregar mi cuerpo? Y a veces me quedo largas horas pensando ese problema.
Soy una leve palabra entre desiertos de silencio.
Si la bestia dejara de rugir, me digo (como si fuera posible acallar uno de los sentidos de lo humano), sería un gran escritor.
Si se callara el cantor, me digo (como si fuera posible acallar los gritos de la historia del hombre, pidiéndole al hombre humanidad), sería una bestia inolvidable

Miguel Oscar Menassa
De "Poética del exilio", 2011

domingo, 25 de noviembre de 2012

CARTA


Bienaventurados los que no creen porque de ellos depende la paz.
Bienaventurada tu piel porque de ella depende mi juventud.
Amor mío:
En esta ciudad donde la confusión se encuentra detrás de cada puerta, detrás de cada oscuridad, amor mío; en esta ciudad donde vos y yo vivimos, es decir, donde vos y yo sabemos, está nuestra historia, nuestra infancia, nuestros desagradables brutos interiores, en esta terrible ciudad quiero decirte alguna palabra, mostrarte algún hecho enloquecedor, algo que nunca puedas olvidar.
Decirte, por ejemplo, que cuando era adolescente vendía fantasías en el mercado Inclán, que tomaba bebidas alcohólicas y me masturbaba sin ninguna preocupación. En tanto el amor me acechaba.
Después o antes, en verdad no puedo precisarlo correctamente, escribí mi primer poema. Decía de claridades amenazantes después de la noche, claridades de temor, permanentes claridades y un beso, eso sí lo recuerdo bien un beso en medio de la muchedumbre. Quiero decirte yo le daba un beso a una mujer y la muchedumbre estaba ahí para mirarme, para decirme, que a esa edad, la mía, estaba muy mal que yo besara a una muchacha.
Pero yo sé bien que todo esto no es lo suficientemente terrible para que te parezca misterioso. Vos conocés todas mis palabras.
Antes de nosotros el silencio, después fue fácil aprenderlo todo.
Qué decirte entonces, qué poder mostrarte, para que rías, amor mío, tan fuerte, como para que ya nadie pueda perdonarte.
Cuando tenía ocho años tomé la comunión y me sacaron una fotografía.
Después mi madre, colgó la fotografía en el patio y debajo de la fotografía un cuadrito con flores que decía, nunca te olvidaré.
A esa misma edad jugaba con las niñas de mi barrio, al doctor, al papá.
Los sábados a la noche dormía con mis hermanas y nos mordíamos el culo (este juego, recuerdo, nos hacía reír como locos).
Los animales que más me gustaban eran los caballos.

Miguel Oscar Menassa
De "22 poemas y la máquina electrónica o cómo desesperar a los ejecutivos", 1966

jueves, 22 de noviembre de 2012

ESPERANDO UN MILAGRO



Estoy, en verdad, esperando un milagro. Y no sé si algo ocurrirá.
Una vida casi sin misterios, mi vida es la vida de un trabajador.
Espero el mediodía y el mediodía llega, y como mi comida cocida
casi sin amor, con verduras cansadas y carne, tal vez, envenenada.

Después me limpio los dientes por consejo de una amante madura
y sin decir palabra, porque el amor se quiebra en el espejo rasgado,
pago en Euros mi pequeña comida y vuelvo, algo sumiso, a trabajar.
En el camino me encuentro de golpe con alguna dicha y la rechazo.

La libertad me llama a los gritos, la pobre, alucinada y yo no la oigo.
Escarbo en los bolsillos buscando una moneda para darle a un pobre
y encuentro pequeños pedacitos, trozos de recuerdos, donde el alma
perdida, enamorada de sí misma, no tuvo amor ni odio, ni siquiera pan.

No encuentro la moneda y el mendigo se burla de mi mezquindad.
¿No quiere que le preste, doctor, algunos céntimos? Mañana me lo da.
El hombre es delicado, se rompe al caminar, la noche le da miedo y
sin agua y sin comida, el pobre hombre muere igual que un animal.

Miguel Oscar Menassa
De Al sur de Europa, 2002

sábado, 17 de noviembre de 2012

HOY HAREMOS EL AMOR

Hoy haremos el amor como los altos hornos
que doblan el acero sin dejar de brillar.

Miguel Oscar Menassa
De "Al sur de Europa", 2002

viernes, 16 de noviembre de 2012

Querida:



 Lo comprendo, pequeña, en medio de tanta luz, nadie será capaz de mendigar para velas.

Una vuelta a las más recónditas galerías del recuerdo.
Todo lo que no pudo ser debido a las grandes cataratas del olvido. Aquellas olas, esas vertientes que de iluminarse hubieran sido todo el universo.

Cielos envueltos en dioses alterados por el amor, perfectos cielos cósmicos adulterados por el bien.

Bestias inmaculadas, alaridos del perdido tiempo del amor.
Empecinados, tercos galopes enardecidos de calor y miedo.
Volteretas inquietas, aves de rapiña violadas por la fe.
Viajes perfilándose hacia el futuro, pequeños náufragos.

Ennegrecido pasaje voluptuoso tu cuerpo enceguecido.
Tu cuerpo, esa tierra abierta, sin más, al universo.
Tu planicie de paz en medio, exacto, de tus pechos.
Y el ajetreo violento de tu vientre, abandonándose.

Y soy por último, querida, para despedirme hasta la próxima, un blanco corcel enamorado, de la llanura que recorre con su canto. Un águila que se enamora del viento que, su ferocidad, parte en dos cuando vuela.

Miguel Oscar Menassa
De "Poemas y cartas a mi amante loca joven poeta psicoanalista", 1987

jueves, 15 de noviembre de 2012

POESÍA Y FLAMENCO esta tarde a las 20.30h

FUNDACIÓN PROGRESO Y CULTURA
C/Maldonado, 53 - Madrid
Entrada gratuita
on line: www.grupocero.tv

















Poesía: Miguel Oscar Menassa
Baile: Virginia Valdominos
Guitarra: Kepa Ríos
Jueves, 15 de noviembre de 2012, 20,30 h

miércoles, 14 de noviembre de 2012

LA VENGANZA DEL NEUTRINO




La tierra será
un hotel de lujo
para los cuatro señores
que apretarán los botones.

Cada uno, cada día,
hará de padre y de madre,
de mujer y de hombre,
y los tres días que quedan
los habrán de utilizar
para quitarse de encima
la radiación general.

Y cuando ya estaban,
digamos, purificados
vino el viento del Oeste
y, otra vez, trajo la peste.

Los neutrones y protones
y hasta, inexplicablemente,
había dos neutrinos
que por la seriedad
se podía pensar
que los neutrinos
por primera vez
estaban en la tierra.

Los dos neutrinos venían
de un agujero negro
que permitía viajar
desde la tierra a plutonio
o de plutonio a la tierra
en 15 ó 20 minutos,
según el conductor.

Los neutrinos estaban
muy asombrados
que la tierra toda
fuera para cuatro.

Cuando los poderosos
llegaron a percibir
que el neutrino lo sabía,
lo sabía casi todo,

el neutrino,
claramente,
debía morir
para no contar
que había visto
cómo cuatro humanos
mataban la humanidad.

El neutrino, escapándose
al saberse perseguido,
se metió dentro de la vaca.

Y la pobre vaquita
se puso muy enferma
y, como trataba
de imitar a los hombres,
los hombres la llamaban
la vaca loquita
y cuando se la comían
se volvían locos y morían.

Lo peor de la historia
es que las vacas locas
eran la comida
de los cuatro del botón.

Y colorín colorado,
este cuento terminó
con la loca de la vaca
bailando de carnavales
y todos los hombres muertos
y los cuatro del botón
muertos por intoxicación.

Miguel Oscar Menassa
De "Canciones", 2010

lunes, 12 de noviembre de 2012

El hombre y yo

11
Nada nos será dado de la libertad 
sin arrancarla de nuestros corazones. 
Sexo que no consiguió 
sino el poema. 
Locura que brilló, 
sólo un instante. 
Fueron palabras 
todos mis odios, 
todos mis amores, 
el sexo y la locura
fueron palabras
hasta la libertad,
sólo palabras.

Miguel Oscar Menassa
De "El hombre y yo", 2005

miércoles, 7 de noviembre de 2012

INVENTARIO



Digiero las esperas
devoro tu majestuoso silencio
y añoro la risa de los días de abril
donde amarnos era, todavía, una promesa.
Y, sin embargo,
por la esperanza de comerme el universo,
me trago los recuerdos de la danza,
furiosa, danza de amor, entre las ciudades,
salvaje, danza de amor, entre los apartamentos.
Estábamos abrazados, contra el viento,
en la desolada ciudad.
Todo era el ritmo de nuestros corazones.
De tanto en tanto,
                          una flor caída,
marcaba el paso de los años.
De tanto en tanto, un sol, una lluvia,
anunciaban, de las nuevas estaciones,
el comienzo.
El día y la noche,
eran el color de nuestros pensamientos.
En los estallidos siempre había luz
y siempre había, para los encuentros de amor
un claro-oscuro en el bosque,
sombras y soledad; tibieza y luz.
Siempre una armonía perfecta para los actos simples
Los actos, querida,
que no podremos inventariar jamás.
Todo fue, humo y alegría.
Misterios.
Todo fue, invisible y etéreo.
Sonoro.
Todo vida.

Miguel Oscar Menassa
De “El amor existe y la libertad”, 1984

sábado, 3 de noviembre de 2012

CARNAVAL 2004 EN MADRID



Somos la tercera edad
y queremos reventar,
de una vez para siempre,
el régimen militar
que nos están preparando
para vivir la vejez.

Hemos descubierto
que nos quieren liquidar,
no tanto porque nos odien
sino porque no habrá pan.

Queremos hacer saber
a los señores ministros
que pan ya hemos conseguido,
y es por eso que venimos
para pedir LIBERTAD.

Libertad sobre los árboles,
en lo alto de las olas,
libertad bajo los pies
de una delicada tarde.

Libertad para el amor
hasta los ciento cuarenta,
y jubilación queremos
después de cumplir los cien.

Señores del Gobierno
y juventud adorada,
escuchad al Viejo Gris
que os dirá una verdad:

Si no nos dan pelota
y la vejez no mejora,
en menos de quince años
tomaremos el poder.

El dinero de Defensa
irá todo a la salud,
y para la educación
cobraremos un impuesto
a todos los ciudadanos
hasta que cumplan cien años.

Y si alguien me pregunta
¿quién cuidará la frontera
cuando venga el invasor?

Pondremos en la frontera
un cantor y sus amores,
que con su canto podrá
con los perros invasores.

Dejaremos funcionando
la cárcel y los hospicios
para que dejen entrar
a los actuales ministros
con el Presi a la cabeza
y su delirio especial,
de creerse con firmeza
que el mundo le pertenece
y que puede hacerlo todo
casado con Jorge Bus.

No, no, no,
esta vez no pasarán,
a la vejez nunca más
un goce le quitarán.

Y dentro de 2.000 años
el mundo reconocerá
que estos viejos gozadores
salvaron la humanidad.

Dieron de comer al pobre,
educaron a los niños,
su lugar a las mujeres
y los viejos al poder.

Pondremos los cuadros
en el supermercado
y los museos serán
las escuelas del Estado.

Todo el mundo estudiará
pintura y declamación,
para que los ciudadanos
decoren su habitación.

Y cantando una opereta
o taconeando una jota,
podremos tocar un tango
y llorar con el violín.

Dejaremos que los amantes
inventen sus propias leyes
para convivir mejor
y, si no pueden siquiera
respetar su propia ley,
cortaremos el suministro
de tanta libertad
y los enviaremos
a la primera escolaridad,
para ver si esta vez
podemos enseñar
a hombres y mujeres
a vivir un poco más.

Miguel Oscar Menassa
De "Carnaval de la Tercera edad", 2011

viernes, 2 de noviembre de 2012

LLANTO DEL POETA



                                                                            A mí mismo
Se solía decir:
este siglo no será posible
sin embargo,
rompiendo las barreras de la historia
y porque ella lo ha deseado para mí,
aquí me tenéis, yo soy un hombre.

Un hombre masculino, atravesado,
por el sonido de su voz abierta.
Mujer, mujer del pan y las caricias,
de las revoluciones y el trabajo duro.
Una mujer construye la tierra donde vivo,
el mar, la plena, rotunda libertad del mar.
Ella construye para mí, el vuelo de los pájaros,
palabras y mujeres, permanentemente,
pero no por mi gracia, belleza inteligente,
una mujer, la Poesía,
sostiene con su deseo inagotable,
infinitas mujeres y entre todas al viento,
hacen de mí esta sustancia incandescente.
 
Un fuego que viene de la letra y va a la letra,
un fuego, una pulsión
y ella abre sus nalgas, abre sus nalgas y sonríe
y un tiempo se detiene en las pupilas del amor
y violentas canciones de cuna nos dejan sin aliento
y el hombre vive y muere y ya no sabe qué decir
y la mujer toca un violín, silencio, interminable,
y se deja caer entre nosotros, tal vez, benéfica,
tal vez, desesperada de tanta soledad,
lo cierto, es que se deja caer entre nosotros
y tiñe con sus movimientos, afines al poema,
toda vida oculta, toda tristeza, la soledad,
con la misma luz de los grandes milagros
para que todo brille con la ilusión del amor,
manantial para el sediento y el incrédulo,
ella es la fe.
Mujer, mujer, escándalo que se apodera de mi ser,
de todas mis palabras, de mis versos más altos
y en esa cumbre del saber humano,
cada palabra, todo poema sangra con tu presencia.
 
Hay hombres,
hay hombres en el mundo moderno,
hay hombres,
hasta yo mismo vivo en el mundo moderno,
pero la mujer tiene, secretamente,
guardada una energía,
inexistente para el hombre,
por eso busco en ella,
- poeta incorregible -
lo perdido, lo nunca hallado,
lo imperfecto que nos hace sublimes.
Por eso busco en ella
y ella que lo sabe hace más de tres siglos,
no deja de producir pájaros en todas direcciones,
mujeres y palabras, algunas para mí, el resto,
para el mundo, si existiera.
 
Una mujer,
Yo soy la noche, me decía,
y la noche es una capa de visón caliente
para la soledad del poeta.
La noche y el poeta juntos,
única manera de atravesar la nada del invierno
y se apretaba a mí con ternura y, yo,
al borde de las lágrimas,
para verla contenta,
haciendo con su deseo el universo,
me oscurecía.
 
Una ella me ama y me consuela,
quiere aprender de mí lo que ella me enseñó.
Otra me muestra todo el día lo estúpido que soy,
buscando todo el tiempo por todos lados una vida,
cuando en ella late con frenesí una vida imposible,
desde mucho antes de encontramos, de conocernos.
Antes de irse habló de la mujer:
construyendo su vida y su alegría
una mujer teje ese sueño, ese destino.
Y yo que soy un hombre,
de verdad, masculino,
porque ella así lo desea con fervor,
me levanto a la mañana y se lo digo:
Allá voy, señora,
tras el latido frenético,
múltiple de tus deseos.

Aunque no te des cuenta,
aunque nadie lo crea,
estás en mí, iluminada,
estás en mí.
 
Y cuando hacemos el amor, ella recuerda:
Qué mal te comportaste con esa coma,
en el cuaderno del domingo, o bien,
los verbos singulares atrapados,
en una adjetivación inconsecuente.
Yo la dejaba recordar, tranquilamente,
y aprendía todo lo que podía,
pero no tocaba nada,
dejaba cada cosa en su lugar.
Esa promesa era el fundamento, sencillo,
de nuestro gran amor:
ella me lo daría todo, todo,
pero yo, no tocaría nada.
 
Yo soy un hombre masculino
y vivo atravesado por ella en mil pedazos,
todo lo que ella quiere encontrar en mí,
lo coloca ella misma, delicadamente, en silencio
y, después, ama con frenesí todas sus virtudes
y yo me dejo llevar por el haz de luz de sus deseos
y no dejo de amar lo que ella construye sin saber,
y no dejo de enloquecerme con tantos pájaros volando,
y no dejo de morir a cada instante entre las letras
y toco, yo también, embelesado, ese violín sangrante,
su boca enamorada, su locura de alas, su pantera,
ese violín sangrante, aullido quieto, desgarrado,
toco su voz marina, su libertad espléndida, su mar,
sus ojos de gaviota desesperada y escribo este poema

Miguel Oscar Menassa
De "Llantos del exilio", 2001

jueves, 1 de noviembre de 2012

7 de julio de 1977


Ahora estoy en una casa de campo, pero dentro de la ciudad. Estamos tratando de comer un asado. Las ideas que tengo, hasta ahora, son poder delimitar el campo Psicoanálisis/Poesía, dentro de la escritura Cero, desde el momento que aparecen como oposiciones dialécticas, o bien como instrumentos de conocimiento que, sobre la locura, el tercer término en cuestión, dirán la verdad o bien la locura, proponiéndose como materia prima y a la vez instrumento de todo modo de creación, sea poético, sea científico.

Miguel Oscar Menassa
De "Poética del exilio", 2011

miércoles, 31 de octubre de 2012

Empecinado poeta de todo lo que nace y sobrevive


Empecinado poeta de todo lo que nace y sobrevive, 
quiero cantar estos amores que surgen de mi pecho. 
Sortilegios, amores como furias desatadas del alma,
tenues, suaves amores anunciando desvastador futuro.

Poner en movimiento la antigua fiereza de la tierra,
imprimir movimientos a una vida que jamás ocurrió.
Romper con mi compás el vientre de la montaña negra,
hacer que el universo todo se mueva entre mis manos.

Palabras con luz propia, eso quiero cantar
Palabras como manos en el rostro del alba
Palabras como piedras caídas para siempre.

Empecinado poeta de todo lo que muere, 
el universo, manos, furia de la tierra;
no doy, no entrego nada, canto para mí. 

Miguel Oscar Menassa
De “Poemas y cartas a mi amante loca joven poeta psicoanalista, 1987

martes, 30 de octubre de 2012

FIN DE SEMANA



Hay sentimientos contagiosos, risas interminables, dolores terribles, dolores al corazón.
Tu rostro ha pasado una sola vez por mi corazón y se ha manchado para siempre de sangre, de pura sangre roja, al pedo, porque de cualquier otro color es lo mismo.
Y esa piel deliciosa, esa piel contagiosa como una enfermedad; como para volverse loco, muchacha, con tu piel; tu piel de almendras 
(para decir una fruta desconocida) tu piel de almendras almendradas y nada más por hoy, cerrar los ojos y repetir todo esto de nuevo.
Sexos iluminados por tu piel arrasan con todo lo posible, me arrasan, hacen volcar mi corazón. Basta por hoy, este cerrar y abrir de ojos puede enloquecernos, una locura demasiado seria como para ganar dinero (una pequeña fortuna a orillas del mar) como para poder cerrar los ojos para siempre a orillas del mar.
Pechos enormes flotan desesperadamente como barcos.

Miguel Oscar Menassa
De "22 poemas y la máquina electrónica o cómo desesperar a los ejecutivos", 1966

lunes, 22 de octubre de 2012

Querida:



Despedirme de la familia. Volver a escribir, para volver a sentir que soy un hombre, por eso quiero escribir. No un hombre atado a ninguna conciencia repleta de poder, sino, esta vez, un hombre en libertad JA-JA-JA.

Con el tiempo tendré que confesarlo todo. Soy un nuevo estilo y, eso, debe ser explicado por alguien; quién mejor que yo, me pregunto, cuando todavía no sabría ni cómo comenzar.

A mi izquierda Shakespeare, a mi derecha Camarón de la Isla, la confusión, a veces, quiere ser extrema. Un tango en la radio me lo dice claramente: estoy en Madrid, la capital del reino y, al mismo tiempo, la catedral del tango. El tango y yo somos una cosa seria; yo sé que algunos se dan con cada cosa para poder escribir algunos versos, que me avergüenza mi falta de modernidad cuando quiero decir que el tango, no sólo me apasiona, sino que me sirve de droga; yo escucho un tango y, enseguidita, me pongo a escribir. Cuanto más sentido el tango mejor escribo. El tango actúa sobre mí, como una droga alucinógena. Por empezar se me calienta la sangre, veo todo rojo, no caben en mí, en esos momentos, más que los colores de la pasión, entre que todo se nubla, porque cuando escucho un tango siempre bordeo la muerte, y las ganas que yo tengo de dejarme caer desde hace diez años, claro, la realidad se transforma. Por ejemplo, para no insistir en esta historia. La realidad, de golpe, cuando escucho tangos, tiene colores, los hombres y las mujeres son hermosos y la elegancia me persigue hasta en los sueños. En definitiva, lo digo, mi droga: EL TANGO, mi único amor la poesía. Después también me gusta vivir la vida como los hombres normales, fumar, una que otra vez emborracharme, hacer el amor con las mujeres. Soy un genio en todo.

Alrededor de quince mujeres, sin contar a las que yo, propiamente, amo, cuidan que no se desgaste mi existencia. A veces, claro, se producen tales encuentros, que se libera una cantidad tan grande de energía, que se produce desgaste en lugar de cuidado. No quiero dar ningún ejemplo aunque la realidad me tienta; siempre, un ejemplo a tiempo, me digo, puede ahorrarle varios años a un montón de personas y enseguida, me digo, también puede equivocar la vida de varias personas, haciéndoles perder mucho tiempo; mejor no ejemplificar nada, sino simplemente diciendo que satisfacer a casi 20 mujeres no es algo que dependa solamente del sexo, sino fundamentalmente de la imaginación. No se deberá ser ni brutal, ni dogmático. Si una hace bien el amor, eso no quiere decir que todas tienen, ahora que hacer el amor. Si una de ellas goza escribiendo de manera repetida y continúa su propio nombre o bien la primera letra de su nombre, esto no significa, ahora, que tengamos que exigirle a todas las otras que se transformen en escritoras. Nada de eso. No se trata de que un hombre esté de alguna u otra manera con 20 mujeres, sino que se trata de que un hombre al borde de varias modalidades diferentes para hacer el amor, haga el amor con lo que de 20 mujeres goza, o es capaz de gozar, y haciendo la cuenta total, no se llega a dos o tres mujeres. Es decir, 20 mujeres se terminarán reuniendo en dos o tres conjuntos para el goce, aunque sean mil, siempre serán las formas que las sociedades actuales permiten, es decir, a lo sumo dos o tres. Si se trata de la pasión, ella es ardiente o frígida (más veces frígida que ardiente) y, después, claro, hay formas intermedias, mujeres normales o, bien, lesbianas decepcionadas. A las ardientes se las obliga a ser inteligentes, sociales. A las frígidas se las obliga a pasarse todo el día haciendo el amor. Al principio fracasarán y se quejarán de no ser amadas lo suficiente. Se les mostrará en ese momento que el grupo de las normales, se conforma con poder un poco de cada cosa. Se dan cuenta entonces de que son dos exageradas.

A las normales, explicarles que ser normales en realidad es ser mediocres. Ellas, ahora, no se pondrán de acuerdo casi nunca, todo lo que le debería tocar a una de ellas es ambicionado por cada una de las otras, y así sucesivamente. Todas envidian a todas. Ocupadas todo el día y gran parte de la noche en eso, yo a veces, me encuentro por casualidad con algunas de ellas (en tardes memorables hasta con dos) y, entonces, hacemos el amor.

Debido a las circunstancias expuestas, queda claro que no tengo que hacer el amor tan seguido como podíamos habernos imaginado al principio y es por eso, que cada vez que hago el amor con algunas de ellas siempre soy genial. Erección prolongada en todos los casos, juegos amorosos múltiples (por cantidad de fantasías acumuladas de tanto pasearme entre ellas para llamarles la atención), semen en abundancia como si hiciera veinte años que no hago el amor. Después, aún, aunque el encuentro sea breve, me gusta besarles en la boca y hablarles de amor, esto último las enloquece. Envidiosas y locas, nunca consiguen comportarse como a mí me gustaría, y, claro, los encuentros son raros. Y, a decir verdad, fáciles de sobrellevar.

Alguien en mí, me dicta siempre, de una manera ilógica al contexto y al tiempo, lo que debo hacer. Nunca consigo llevarme bien con nadie. Cuando todo el mundo va para arriba, yo voy para el costado. Cuando todos caen, yo asciendo, como si elevarse fuera lo único posible. Cuando todo el mundo se detiene, doy un paso más. Cuando todos corren, me fumo, tranquilamente, un cigarrillo. A veces parece que lo hiciera todo a propósito, pero quiero explicar que esas conductas se me imponen, con tal grado de grandeza, que casi nunca puedo liberarme de ser esa diferencia. Esa soledad.

Cuando a nadie se le ocurre hacer el amor, a mí se me ocurre. Cuando ella está a punto de morir porque hoy ya nadie se dará cuenta de su deseo, yo le salvo la vida y casi sin darme cuenta y ella tiene conmigo ahora el compromiso de recordarme con ternura y eso le hace feliz. Cuando taponada por su propia moral y el mundo la condena a esa parálisis. Yo soy el asesino que mata delante de sus ojos al demonio y con mi pene en erección permanente, la llevo de la mano hacia la bondad. En el propio centro de la bondad introduzco mi pene en su corazón, mezclo con desesperación y alegría mi semen con su sangre y la increí-ble combinación, estalla, diamantes y pólvoras enamoradas y la energía del amor librada a su propia arbitrariedad la devuelve de nuevo al movimiento. Al lento caminar entre amapolas, o bien, rodeada de rufianes que, enterados del milagro, quieren gozar su goce. Este tipo de situación, más complejo que todos los anteriores, hace que la mujer no sólo quede agradecida y me recuerde con ternura, sino que cree deberme la nueva vida que tiene, con lo cual las cosas se complican hasta no saber dónde. A partir del milagro, ya será difícil no encontrarme a cada instante con ella, tratando de devolverme el favor y nunca lo conseguirá. Terminará reprochándome que no le dejo devolverme el favor para tenerla sometida. Yo le explico que su sometimiento me sale muy caro y ella, entonces, dice que no la amo, le recuerdo entre besos y sonrisas que ayer estaba muerta. Me contesta que no sea fanfarrón, que al fin y al cabo la que estaba preparada para no morir era ella, que cualquier hombre hubiera podido lo que yo... El silencio es para preguntarme en voz baja si su maldad es congénita o estoy otra vez metido, sin saber, en uno de sus feroces juegos de amor. Intentaré saber de qué se trata, la próxima grosería que me diga le pegaré. Ella se habría dado cuenta de algo, ya que en lugar de hablar, se tiró al suelo y llorando se cogía de mis pantalones y parecía que los rompería; frente al peligro que eso significaba me los quité. Ella se abrazó a mis piernas con fuerza y me hizo caer de espaldas al suelo, con algo de mala suerte, ya que di mi cabeza con el borde de la cama haciéndome una pequeña herida. Mientras ella ahora, sin decir palabra, trataba de comerme el pene, yo trataba de verificar con mi mano derecha el tamaño de la herida y mientras comprobaba, se manchaban mis dedos de sangre fresca y yo me limpiaba la sangre en sus espaldas y el culo hasta donde llegara mi mano; era incómodo meterle el dedo en el culo, por lo tanto, me contentaba en ese momento con pintarla de sangre y apretarle con furor, siempre contenido, porque soy un caballero, sus nalgas.

A mí, hacer el amor me gustaba más que discutir con ella, pero, sin embargo, insistí, y le dije: te gusta hacer el amor conmigo y ella, que ese día estaba horrible, me contestó ¿con vos? vete a la mierda y se dio media vuelta y se quedó dormida. Yo esperé media hora y me la follé, como dios manda, por la vagina y ella, creyendo que era sólo un sueño, gozó como una loca y mientras se corría, me dijo que me amaba. A la mañana siguiente le dije que la noche anterior habíamos hecho el amor casi dormidos y que ella había gozado mucho y que yo también, y ella me dijo que lo único que me faltaba, que ya era lo último, que ahora, también la violaba, aprovechándome de su sueño profundo. Después, nos fuimos los dos a trabajar, en el trabajo a ella le dijeron que estaba luminosa y a mí, que estaba tranquilo.

A la noche, cuando nos encontramos, le dije que éramos dos farsantes, que teníamos engañados a todos creyendo que nos amábamos profundamente y ella, anonadada, casi sin voz, me dijo, ¿y qué?, acaso no es cierto que me amas, y enseguida agregó, para que yo no tuviera tiempo de contestar, o acaso que yo muera de vez en cuando es suficiente para pensar que yo no te amo. Pensé ir hasta la cocina a buscar un cuchillo y clavárselo en la panza, después me detuve en los posibles gritos de dolor que ella pegaría y el escándalo que se produciría entre el vecindario y estos pensamientos me convencieron de que mejor era dejar la conversación para otro día. Encendí un cigarrillo y me serví una copa de vino de Málaga. Ella entró en el baño e hizo ruidos como de estar bañándose y lavándose la cabeza y poniéndose perfumes. Yo me fui desnudando lentamente, mientras fumaba y saboreaba pequeños tragos de vino. Cuando ella volvió a la habitación, lo hizo envuelta en una toalla de las grandes, pero a pesar de todo, la tapaba solamente desde la mitad de sus pechos hasta unos centímetros por debajo del coño, yo estaba esperándola totalmente desnudo, con el cigarrillo apagado entre los labios y leyendo "Los crímenes del amor" de Sade. De cualquier manera, ella estaba más excitante que yo. Cada movimiento en cualquier dirección hacía que la toalla, moviéndose para un lado o para otro, fuera dejando al descubierto para mi mirada, una vez el culo, otra vez el vello pubiano, sus piernas fuertes y torneadas, cortadas a pique por la toalla, se transformaban en dos puentes de luz. Te lavaste la cabeza, le pregunté haciéndome el distraído, y también, el culo, me contestó ella, esta vez con una sonrisa. ¿Qué lees? La manera de matarte sin que me declaren culpable. Si serás hijo de puta, me dijo ella y se recostó, con suavidad a mi lado.

¿Quieres que te lea algunas páginas del libro? No, contestó ella, quiero que me leas un poema tuyo. Eso no me lo esperaba y balbuceé un agradecimiento y me dispuse a leerle un poema. Cogí uno de mis libros publicados y comencé a buscar el poema. Ella, al ver lo que yo estaba haciendo, se levantó de un salto de la cama, dejó caer la toalla que le tapaba la mitad del cuerpo y parada en el centro de la habitación, con las tetas erguidas, el pecho palpitante, las piernas y los labios apenas entreabiertos (parecía un ídolo de oro macizo), me dijo, cortante y agresiva, no te pedí que me leyeras un poema publicado, te dije que me leyeras un poema para mí, un poema especial, un poema que hable de mis encantos, o bien, de tu gran amor por mí. ¡A ver! un poema para mí, algo que puedas, además de poseerme, frente a mi cuerpo desnudo, todo para vos. Yo con ella, a cada rato, me quería morir o la quería matar.
Tiré el libro en el cual estaba tratando de encontrar un poema y la miré a los ojos, después fui bajando mi vista por el centro de su cuerpo, me detuve largamente en su cuello, hasta que ella comenzó a temblar y se llevó apresuradamente sus dos manos a su garganta y al borde de la desesperación me gritó: te dije un poema, quiero un poema, un poema para mí.
Salté con mi vista a un punto medio equidistante entre sus dos tetas. Y al principio no veía nada; comencé a girar mi cabeza de derecha a izquierda hasta ver perfectamente entre dos montañas de arena, un valle de sal. Te partiré en mil pedazos, le dije alucinado. Quiero que me leas un poema, ella cada vez gritaba más fuerte, seguramente, hoy, terminarán viniendo los vecinos para ver qué pasa. Un poema, gritaba, quiero que me recites un poema. Yo, tratando de convencer al vecino de que no pasaba nada, de que simplemente ella, a veces, sueña en voz alta y claro, parece que la están matando, pero no ocurre nada, pensé furtivamente algunas frases (Te mataré, te haré añicos cuerpo de arena y de sal. Tu hermosura me tiene encandilado. Tus tetas como dos soles que me enceguecen para siempre. Tu voz, salvaje entre los soles. Canto de aguasmarinas y topacios, sangrante murmullo lleno de porvenir. Tus piernas como sables hundiéndose en el mundo, tus muslos como cántaros, tu sexo como agua, tu sexo como agua, tu sexo como agua...). Ella, avergonzada ahora por lo del vecino, me preguntó si me pasaba algo. Le dije que no, que ahora estaba más tranquilo, que estaba tratando de ver con todas mis fuerzas, de decirle el poema que ella me pedía. Está bien, dijo ella mientras se volvía a recostar en la cama a mi lado, eso del poema podemos dejarlo para mañana, pero me puedes decir, ¿en qué estabas pensando? y yo le dije: Hubo una vez sobre la tierra un hombre que no podía más y, sin embargo, ¡Eh, pero vos siempre hablando de vos mismo! Amor, le dije apretándole el cuello con las dos manos y le besé la boca entreabierta y dejé que mis manos perdieran la violencia contra su propio sexo. Ella no hacía otra cosa que llorar, reírse, gritar, revolcarse (como si revolcarse fuera un entretenimiento), pidiéndome entre contorsiones y suspiros que no la deje sola, que la perdone, que la esclavice para siempre, que la mate, que la quiera, aún un poco más, que la reviente.
En esos momentos, separo un poco su cuerpo de mi cuerpo y enciendo un cigarrillo, para que ella no piense que lo único que yo quiero de ella es garchármela. Le pregunto si quiere un vaso de agua y aparento estar muy inquieto por no poder crear un poema sólo para su cuerpo.

Ella, en estos casos, queda como mimosa, con una excitación que se muere, pero su "dignidad" le aconseja el camino del diálogo tranquilizador. Te dije que no importa, que puede ser mañana. Yo hago como que no la escucho y me voy acercando, lentamente, a la máquina de escribir.

De camino hacia la máquina, le acaricio los cabellos y apoyo delicadamente, pero con firmeza, su cara contra mis genitales. Ella tiembla. Yo enchufo la máquina y escribo lo siguiente:

Bienamada, esta noche, te escribiré un poema
y eso, será el amor.
Verás cómo tu carne antaño silenciosa
canta más alto, aún, que tus propios sentidos.
Verás cómo mis huesos se parten en tus brazos,
cómo mi sangre vuela para calmar tu sed.
Verás, te lo aseguro, fuego por todos lados, 
brasas ardientes, estrellas, luciérnagas feroces, 
pequeños soles embrutecidos por el calor. 
Verás, amor, mi bien amada, incendios fulgurantes, 
cruces y pequeños caprichos pasajeros, arderán.
En un poema de amor, quiero decirte, verás todo el
infierno.
Cataratas de fuego purificado.
Torrentes de fuego, amplios y abiertos como la
pureza.
Como si toda la carne fuera nuestra y, todavía, más.

Seguramente, le dije, no te conformará del todo, y ella acurrucada: vení, mi amor, dejá de tonterías, me estoy muriendo de frío. ¡Estoy helada!

Miguel Oscar Menassa
De "Poemas y cartas a mi amante loca joven poeta psicoanalista", 1987

miércoles, 10 de octubre de 2012

Monólogo entre la vaca y el moribundo

IV
Creo que mi vida es la vida de un personaje literario y no me puedo apartar mucho de eso, cuando escribo. Tal vez haya vivido equivocado los primeros 50 años de mi vida, tal vez, para poder vivir la vida que me fue tocando, tuve necesidad de creerla literaria, para hacerla posible de ser vivida.
Tal vez una verdad pueda cambiarse por otra verdad sin que se venga abajo ningún mundo. El amor puede transformarse en confort y el premio Nobel puede estar esperándonos, a la vuelta de cualquier esquina.
El problema, planteado a mi manera, sería el siguiente: Dentro de 21 años, matemáticamente, me darán el premio Nobel de Poesía, pero yo lo quiero antes de cumplir los 60 años, es decir, 11 años antes y, me imagino, que para que ese desfasaje temporal ocurra, algo tendré que hacer de otra manera.
Se me ocurre, de pronto, la mejor idea para hacerlo posible: Escribiré una novela acerca de un hombre como yo, de los 50 a los 60 años y la novela termina cuando me entregan el premio Nobel.
 Algo como el Ulises, pero con buen final, ya que han vuelto los boleros y para el próximo siglo, exactamente dentro de 10 años, se anuncia la llegada del amor a la tierra.
El hombre vivió en las grandes capitales del mundo, Buenos Aires, Madrid, Milán, París, pero ahora, vive en Arganda del Rey, pequeño pueblo comunista, a 29 kilómetros de Madrid y con capacidad actual para 25.000 habitantes.
Cuando miro por la ventana de mi habitación, donde escribo, hago el amor y sueño, veo entre el blanco de las otras casas y el azul del cielo, la bandera argentina y un vecino en el fondo de su casa tiene un caballo, que también veo por la ventana, como en la casa de mi abuela María.
La ventaja de vivir en Arganda es que tengo jardín. Pero ya vendrán tiempos mejores, y un poeta podrá tener su plantación personal de cacahuetes o alcachofas marinas o violentas tormentas del jazmín o dulces y tercos melocotones abiertos a la esperanza o, tal vez, esa manzana verde de la doble caída.
Pecado y ciencia tocan el corazón de la manzana y nosotros la seguimos usando como fruta para después de las comidas. Tengo tensión, tengo apetitos, hambres de milenios y, ahora, querrán conformarme con algún pedazo de queso, excrecencias de alguna vaca pastora, o la misma vaca muerta a palos y descuartizada encima de la mesa, recordando viejos rituales, donde los hombres
se comían unos a otros, y eso era el amor.
Clavo sin piedad mi cuchillo contra el corazón de la vaca y la
vaca muge, se desgarra de pasión frente al asesino. Yo, con precisión quirúrgica, separo grasa y nervios y le doy a mi amada un
bocado de los ovarios calcinados de la vaca.
- Somos libres, me dice ella, mientras se entretiene en el ruido de
sus dientes tratando de doblegar las partes quemadas del universo.
Después, más ligera, haciendo de todo espejismo, una mentira,
me dice con soltura:
- En mí, vive una vaca magistral, que muge y asesina todo el
tiempo. A veces, parece dolorida, pero nada le importa, sabe que ha nacido para ser asesinada a palos y, entonces, caga por todos lados y las flores enloquecidas se comen lo esencial de la mierda y crecen aceleradamente hacia el futuro.
Mutilada dentro de una pequeña caja de amor, acompañada de un
poema o bien sobre el mármol frío y desolado de una tumba, recordando que algo vive aunque el hombre muera.
Me estoy divirtiendo como hacía décadas no me pasaba, pero me
doy cuenta, que esto no me ha de servir mucho para el Nobel. Una gran experiencia, un gran amor y me desgrano en pequeños versos cotidianos.
Ella trata de explicarme que ya fuimos dominados, hace algunos siglos, que hoy día se trata de otra cosa, que ya nadie pelea o quiere o desea la libertad. Que la gente normal hace costosas colas para denunciarse a sí misma.
Mientras se dejaba caer en la cama finalizó, sin esperanzas:
-Lo peor, es que el Estado que nos controla es a su vez controlado por estados más poderosos...
Dejé caer sus palabras en el aire, porque ella misma las había dejado caer de esa manera y me detuve en claros pensamientos de aguas comestibles. Me imaginé vendiendo mi vida a una gran empresa inglesa y absolutamente convencido le dije sin rencor:
- La palabra por la palabra es tan inocente como el cuerpo por el cuerpo.
Algo consigo, pero no me doy cuenta de haber conseguido nada, por no haber conseguido de repente lo deseado. No me dejo llevar por ese vacío del alma, comienzo todo nuevamente. Vuelvo sobre huellas dejadas de lado. Invierto, parte del capital del mundo, en mis versos. Arranco del amor, estas palabras sanas, bellas y nadie me podrá decir que no he vivido.
Me toco el corazón de la serpiente y me siento vivito y coleando, hago ejercicios de respiración, como suponiendo que el viaje será largo y doy por abierta la competencia. Habrá fiestas y ancianas mujeres discutirán sobre mis orígenes:
- Nació del ruido, dirá la más anciana, y es por eso que puede escuchar los sonidos más lejanos de una voz.

Miguel Oscar Menassa
De "Monólogo entre la vaca y el moribundo", 2001

domingo, 7 de octubre de 2012

RESPONSO


Muescas del saber,
muescas de aquel poblado goce,
me recuerdan, de mi país, la vida entre las malvas.

Una manera de vivir subterranea,
cerca de las flores,
a mil kilómetros del hombre.

La bella libertad flamea sus organzas.
Hoy soy feliz, me dice, ella entre mis brazos.
Llévame por los mares, mi amor, por los océanos.
Abre contra las olas mi vieja herida muerta.
Dame el honor de morir en tus garras,
madre amantísima, libertad, profundidad marítima.
Ojos de cerrazón,
jilguero azul, noctámbulo,
búho famélico y descuartizado entre mis brazos,
te amo.
Te amo hasta las fibras contraídas de mi ser,
tengo por vos, amada muerta,
-pedazo de pan inolvidable-
un voluptuoso amor carnívoro y sangrante.

La bella libertad lava sus ropas. Entreteje algún sueño.
Huyamos amor hacia los rumores del profundo verano,
mar, perfecto y traicionero, altivo mar.

He venido para arrojarla desde los mas altos acantilados,
hacia las profundidades borrascosas de tu propio centro,
para que ella encuentre por fin, entre las piedras,
su ahogo final.
La bella libertad,
más pálida que nunca,
como una mierda espectacular y agónica en la boca del
[hombre,
baila,
desatinada y desnuda, moderna y coloquial,
baila para morir,
una danza fraterna, igual y libertaria.
Hermanados,
todos unidos por tortuosas cadenas,
en el fondo del mar.

Miguel Oscar Menassa
De “El amor existe y la libertad”, 1984

jueves, 4 de octubre de 2012

DEL MISMO REVÉS MIENTRAS ME MATAS MUERES

Las cadenas que nos atan,
nos atan a las mismas palabras.
La ceguera es continua, permanente,
una manera de decir, el hombre no existe.
Vahos
y alondras cantoras
y pedazos de rubicundas rosas
sobre la salobre ruina metabólica,
urdiendo en su piel un afilado nido de serpientes.
Manzanas y esta vez,
naranjas y azahares en flor
y plantas acuáticas, mi amor, mi pecado primero,
aquella idea fugaz contra mí mismo.
En mi pecho los frutos ácidos del otoño
y manzanas y rosas
y ásperos vinos para las gargantas desgarradas
para los gritos:
No quiero morir en el desierto,
ni en alta mar,
ni en las piedras donde el amor, desencajado, sucumbe.
No quiero morir por el amor,
ni por mi patria,
ni por mi amada brutal,
la poesía.

Miguel Oscar Menassa
De "El amor existe y la libertad", 1984

miércoles, 3 de octubre de 2012

16 de noviembre de 1976, Madrid


Aquí el otoño sugiere un país en edad crítica.

Un país
donde todo muere y nace a la vez,
donde el pan
importa más
que la belleza.
Un país
donde la belleza de los sexos se fue marchitando,
de tanto olor a pan,
de tanto trigo.

Aquí
una fría mañana,
un pálido sol.

Miguel Oscar Menassa
De "Salto mortal", 1977

sábado, 29 de septiembre de 2012

FIN DE SEMANA


Hay sentimientos contagiosos, risas interminables, dolores terribles, dolores al corazón.
Tu rostro ha pasado una sola vez por mi corazón y se ha manchado para siempre de sangre, de pura sangre roja, al pedo, porque de cualquier otro color es lo mismo.
Y esa piel deliciosa, esa piel contagiosa como una enfermedad; como para volverse loco, muchacha, con tu piel; tu piel de almendras (para decir una fruta desconocida) tu piel de almendras almendradas y nada más por hoy, cerrar los ojos y repetir todo esto de nuevo.
Sexos iluminados por tu piel arrasan con todo lo posible, me arrasan, hacen volcar mi corazón. Basta por hoy, este cerrar y abrir de ojos puede enloquecernos, una locura demasiado seria como para ganar dinero (una pequeña fortuna a orillas del mar) como para poder cerrar los ojos para siempre a orillas del mar.
Pechos enormes flotan desesperadamente como barcos.

Miguel Oscar Menassa
De "22 poemas y la máquina electrónica o cómo desesperar a los ejecutivos", 1966

miércoles, 26 de septiembre de 2012

POESÍA Y FLAMENCO

"Ahora andarán diciendo"
28 de septiembre de 2012 a las 20.30h
Fundación Progreso y Cultura
c/Maldonado, 53 (Madrid)
Entrada gratuita


martes, 25 de septiembre de 2012

LA PATRIA DEL POETA



II
Pequeñas orquestas de marfil ejecutan,
cantos de violencia,

Opaco verme azul,
alegre y bestial entre violines,
feroz bajo de amor. Albatros y princesas.

Bendito verme solitario,
el que se arrastra vive en mí.

Soy el que vaga oscurecido por las aguas,
un feto y su destino:

Vertiente lumínica.

Catarata volcánica.

Verme infernal.


III
Soy el que llega del centro profundo de la tierra.
El ozono vil,
el oxígeno apasionado del universo,
la sangre bestial.

He decidido vivir en un trapecio astral,
ser la marioneta intergaláctica.

Provengo de la tierra,
soy el furibundo vendedor de ilusiones.

Mi vida es la de todos.

Miguel Oscar Menassa
De "La patria del poeta", 1991

viernes, 21 de septiembre de 2012

BALBUCEAR

Balbucear
cuando ya no queda otro camino
balbucear
aunque poco de a poco
ir diciendo.
Primero una palabra solitaria
después de la palabra
vendrá el recuerdo
y las palabras del recuerdo
que nos recuerden la palabra.
Temblando
llorando
llenos de miedo
no dejar de decir.
Me fui cayendo
y por una artimaña del destino
me veía caer.
A veces
iba cayendo como la nieve
lentamente
más que caer
el verdadero juego era volar.
Olímpico hielo algodonoso
me posaba sobre las almas
y en la oscura pasión
de los encuentros
un instante era yo
luego otra cosa.
A veces volar era caerse
violentamente
contra la nada
contra la tierra
contra una mujer.
Piedra
granizo serpenteante
caía sin parar.
Calor endurecido
vértigo de llegar al final
atravesaba todos los confines.
Bestia condenada a morir
atravesaba el alma.
Fui libre todo lo que quise.
De tanta libertad
me fui llenando las manos
y los ojos
de violentas miserias.
La soledad y el hambre
en cada libertad
se apoderaban de mi mente
y rumiaba la libertad
como si la libertad
fuera un pasto salvaje
y yo una fiera.
Libertad inútil libertad
y mordía una vez más ese vacío
y salía a la calle
y los mercaderes me miraban
con malos ojos
y algunos amigos me decían:
Estás adelgazando
seguir así
te llevará al silencio
alguna tarde morirás.
Muerto
yo los miraba
entontecido sin comprender.
Envolvieron mi cuerpo
con delicadas prendas
como nunca nadie me había visto
y se gritaban unos a otros:
La libertad vivía en él.
La libertad ha muerto.

Miguel Oscar Menassa
De  "La poesía y yo", 2000

miércoles, 19 de septiembre de 2012

EN DEFENSA PROPIA

El 21 de septiembre de 2012 a las 20,30h se proyecta en la sala de la Fundación Progreso y Cultura, c/Maldonado 53 (Madrid) la última película de Miguel Oscar Menassa, EN DEFENSA PROPIA.
Entrada gratuita

martes, 18 de septiembre de 2012

Miércoles 19 de Septiembre de 2012, a las 20 h

Recital de Poesía social de Miguel Oscar Menassa en el 72 cumpleaños del poeta. En la sede de la Escuela de Psicoanálisis y Poesía Grupo Cero. Calle Duque de Osuna 4, locales. El miércoles 19 de Septiembre de 2012, a las 20.00 h. Se retransmitirá en directo por http://www.grupocero.tv/


PERFILES DEL TIEMPO


Vi cómo los perfiles del tiempo
se posaban levemente en mi piel
dejando una marca.

Miguel Oscar Menassa
De "La poesía y yo", 2000

lunes, 17 de septiembre de 2012

ESTOY AQUÍ PARADO



Estoy aquí, parado en el centro de la tierra.
Aquí donde la tierra ama todos los arrebatos.
Parado como una flor en la estación perfecta
canto y mi poesía es una voz entre las voces.

Llegué hasta aquí
dejando en el camino
todo lo que tenía.
Los caminos eran tan abruptos
que hasta mi ser me pesó
y tuve que dejarlo.

Fui la sangrante Pampa desolada.

Agreste paraíso
el de las contradicciones.
Absurda paradoja la del hombre.
Abro mi corazón
y en mi corazón no encuentro nada.
Sólo un poco de sangre
músculos en perfecto funcionamiento
y un poco de pus
porque vi morir mucha gente.

Vi morir personas de todos los colores
Blancos y Negros por los mismos motivos
y por motivos diferentes.

Vi morir por carencia
y vi morir por exceso.
Por la boca y también
vi morir por el culo.
En medio de la selva.
Un hombre este siglo
murió
en medio de la selva
y en los palacios
y hasta con la cabeza
metida en plena mierda.

Vi morir mis propias ideas.
Mis propios deseos como hombre.
Este siglo vi morir a Dios
y en mi regazo, también,
a punto de morir la poesía.

Inutilizada por la moda.
Mal vestida para que su ser
sea la fiesta que la nombra.

Llena de flores y de muertos
pequeños llantos más que gritos.
Pequeñas vueltas de la vida
más que grandes viajes.

Miguel Oscar Menassa
De "La poesía y yo", 2000

jueves, 13 de septiembre de 2012

MÁXIMO ALCANCE


vuelo, ahora, como vuelan las águilas nocturnas
Drogas
drogas misteriosas para mis músculos de acero,
para mis manos aéreas,
para mis dedos contra-atómicos
                                                Drogas
drogas azules para mi porvenir.
Temer
temo la furia de los océanos
los fuegos eternos
la violencia de los vientos del sur
o el choque definitivo contra la madre tierra.
No temo
la voluntad desenfrenada de ningún hombre,
aunque se oponga
                           a mi propia
                                            desenfrenada voluntad.
Quiero ser el payaso
                               el rey
                                       el muerto
                                                    el obús mortal.
La onda magnética de rapé,
                                         el estornudo final,
                                                                   la gripe negra.
La desbastadota, infernal peste negra.
Quiero ser el último suspiro de la moda,
la inconciencia final
                             la vagina fúnebre
                                                     la muerte del idilio.
Como fe de mi lealtad, amo la vida humana,
la inaudita palabra en pleno corazón.
                                                      El forzamiento permanente.
Mi tiempo
más allá de la luz
me transporta al pasado.
Conmigo, en mi red,
estas pocas y pequeñas estrellas marinas,
y la infaltable
                   submarina
                                   acuática bilis,
baba desesperada
-entre la comisura de mis labios-
Palabras, Palabras
                            veneno mortal.

Miguel Oscar Menassa
De “Salto mortal”, 1977

lunes, 10 de septiembre de 2012

LIBERTAD DIVINO TESORO


Soy un hombre de ciudad,
un hombre,
condenado a vivir entre las piedras.
Crecí entre el percal de los vestidos
y las babas de una señora inalcanzable,
la libertad.
Crecí sin vida interior,
en el pecho llevo un farol,
pequeña, simple luz y escribo versos.
En mi ciudad
cuando mueren algunos, alguien canta,
tenue luz,
murmura por las noches una tristeza,
un vendaval de furias,
repetición donde la muerte tiene su palabra.
De niño me dijeron que amáramos a Evita
y Evita estaba muerta
y yo la amé como se aman las sombras de la noche
y entre sus brazos y las sombras seríamos millones.
Un recuerdo:
fue muerto por la espalda, mi primo, Miguel Ángel,
como se mata a quien no se puede soportar la mirada.
Cuando murió Miguel, mi primo hermano, tuve un dolor,
una claridad definitiva y, sin embargo,
al otro día amanecí cantando.
Me fui quedando ciego,
de ver morir, de mirar matar,
de ver pasar a tanta gente indiferente.
En los ojos tenía gotas de sangre,
ardientes manchas de violencia en mis ojos.
Un odio, un amor, una lejanía sobre todo.
Bramidos ocres, quejidos de la bestia,
destrozados por la ilusión de ser,
por la ilusión de comerme las flores
y tus ojos
y las cosquillas en tus pies
y mis feroces mordiscos en tu sexo,
como si tu sexo fuera el fruto perdido del hombre
aquel limón, aquella manzana inolvidable.
La libertad se fue poniendo joyas,
piedras preciosas entre sus blancas sedas
y entre sus carnes, oro.
Se fue tornando inaccesible monstruo de la lejanía
y, entonces, fui creciendo entre las sombras
y entre las sombras amé la libertad:
fantasma acuático,
alondra muerta para siempre,
entre las pieles de vos,
señora lejana, perdida libertad.

Miguel Oscar Menassa
De "El amor existe y la libertad", 1984

sábado, 8 de septiembre de 2012

sábado, 1 de septiembre de 2012

Grupo Cero Anticipando la Realidad

RECUERDO LA ÚLTIMA VEZ

Las caderas
estallaban una contra otra
y al final
fue el silencio.

Después
vinieron las rampantes
acacias de la noche
a dibujar los sueños.

Fiebres
besos haciendo llamas
y el impenetrable
murmullo del silencio.

Terquedades efímeras
caprichos pasajeros
vergüenzas del soñar
y comenzamos a vivir.

Vuelvo para decirte
que la vida
fue esa dureza entre nosotros.

Miguel Oscar Menassa
De "La poesía y yo", 2000