viernes, 26 de abril de 2013

LA RAZÓN


 Cada vez nuevas palabras marcan el ritmo de lo desconocido.
Cada vez nuevas palabras,
nuevas combinaciones,
vidas sin imaginación,
me alejan de la muerte.
Palabras que no termino de colocar en el lugar correspondiente.
Palabras inauditas e inesperadas me hablan de lo desconocido y sin embargo,
no temo escribirlas.
Todo me pasa cuando termino de escribir.
Siempre hay algo en lo que escribo que no me termina de gustar.
Siempre hay algo en lo que escribo doloroso para alguien.
Siempre alguna coma,
algún punto.
Alguna detención en general,
me resultan innecesarios y sin embargo,
estoy lleno de interrupciones.
Quiero decir,
según pensamientos de escritos anteriores,
lleno de heterosexualidad.
Y la verdad no sé, para qué, quiero tanta.

Se mezclan entre la pureza de las palabras,
grises y arrogantes,
seguros de sí mismos,
los pequeños actos cotidianos:
Los planes increíbles a los cuales uno se tiene que someter para comer todos los días.
Los maquiavélicos pensamientos con los cuales me reúno diariamente,
para poder darle un beso a una mujer.
Entre los furgones,
entre los carbones cotidianos y las diarias cenizas de la carne,
vagones incontenibles de mierda y los panes crujientes,
sobre la mesa.
Todo es universal.
La guerra también.
Y uno sin darse cuenta,
comiendo y bebiendo,
caminando tranquilamente por la ciudad de la mano de alguno de sus hijos,
se va poniendo,
digo,
sin darse cuenta, todo de un color.
Termina,
insisto,
sin darse cuenta,
amando ciertas palabras,
odiando ciertas palabras,
en fin,
combatiendo alocadamente.
Y yo,
no quiero combatir.
Estoy en contra de la guerra.
Y sin embargo lo sé,
carezco de poder para "implantar la paz".
La paz,
exactamente igual que la guerra,
algo que otorgan y quitan los poderosos.
Darse cuenta de la falta de poder para la paz,
de la falta de valentía para la guerra,
también es doloroso.
Si no puedes la paz,
si te asusta la guerra,
te dejan,
-siempre en todos los casos-
fuera de la vida.
Y tampoco,
quiero quedarme fuera de la vida.
De pequeño aprendí,
que defenderse formaba en todos los casos parte de un plan,
que defenderse no era algo que le pasaba sólo a los miserables.
Morir en definitiva,
en estos sistemas de vida que se vienen programando,
más que un deseo, es una orden.
En consecuencia,
las palabras pronunciadas nos indican que también nosotros estamos en guerra.
Uno contra el otro,
otro contra el uno.
El poeta a veces, sabe lo que dice.
Y teniendo en cuenta que los cataclismos se producen,
tanto en las grandes guerras como en las guerras pequeñas,
propongo como nueva forma de vivir:

LA GRAN GUERRA,
una guerra de las palabras contra la biología,
contra la física moderna.
Basta de llantos matinales.
Basta de amor,
porque el amor es todo nuestro.
Es hora de zarpar,
el mundo nos espera.
Psicoanálisis y poesía,
dos interesantes miradas sobre la vida de los hombres,
que como toda mirada,
única o doble,
(ya que el doble es consecuencia y máscara de la dialéctica de lo único)
son insuficientes.
En ellas,
todo cierre es tan solo, una nueva metáfora.
Quiero decir,
en ellas,
todo cierre es tan solo, una nueva metáfora.
Quiero decir,
en ellas,
todo es infinito en los contornos de un universo finito.
Dos miradas extraviadas en ser,
siempre una novedad
y sin embargo,
hablar solamente,
escribir solamente,
dos formas privilegiadas de lo único.
Por ahora,
psicoanálisis-poesía,
dos grandes y corpulentos valles de lágrimas.
Por ahora,
todo es dolor,
todo,
crítica punzante.
Por ahora, debemos decirlo,
nadie aprueba los exámenes.
Psicoanalistas y Poetas,
hay pocos.
He descubierto y aunque para mí tal vez ya sea demasiado tarde,
lo digo:
El mundo acontece fuera de mí.
Y no es tan fácil como parece,
se trata,
de un descubrimiento:
el mundo no sólo acontece fuera de mí,
sino también,
fuera de los otros.
quiero decir,
que más allá de nuestros cuerpos,
que más allá de la longitud de la mirada
-campo perfecto de nuestro gran amor-
el mundo no existe.
El mundo más allá de nosotros,
también es un deseo.
Y aunque mis intenciones son decir siempre la verdad,
me voy dando cuenta con el correr de los siglos,
que el camino hacia lo cierto,
es sólo un desvío en el camino hacia la nada.
Como vemos,
una pérdida lamentable de energía.
Lo cierto y su camino,
padece de todo.

Ciencias arrobadoras,
incapaces de producir sentidos más allá de sus vientres.
Vale decir,
pequeñas ciencias que más allá del amor,
se hacen relativas,
envejecen.
Todo método por más feroz que sea su designio,
para no enmohecerse,
para que no se pudran en sus propias entrañas los hallazgos de su valentía,
deberá,
transformarse con lo que transforma.
Deberá sufrir en su ser método,
una transformación.
No en los alrededores de su vida,
sino en su propia vida.
No en los contornos de ninguna ilusión,
sino,
en el centro mismo de la máquina que produce todas las ilusiones.
Y cuando se habla de las ciencias y de la poesía
y no se habla,
de la propia vida de los sujetos,
no hay método.
Y todo es Razón,
y ella misma es la que se descarta a sí misma, para ser,
y es ella la que concibe,
un NO rotundo y "eterno" en la propia morada muda de la materia,
y en ese vacío,
fuego sangrante de la nada,
y en ese límite preciso contra todo,
ella,
la razón en cuestión,
haciendo gala y despliegue de todos sus sentidos,
con todos sus orificios abiertos y desesperados a la búsqueda de lo cierto,
ella,
comienza su propia investigación.
Y Ella tiene la sabiduría de la vida,
porque la vida, es ella.
Su moda,
la verdad.
Su verdadero ser,
el tiempo momificado en los relojes.
Su retórica,
volver siempre sobre lo mismo,
con el intento de ennoblecer cualquier atrocidad que ocurra en su reinado.
Y ella,
hoy por hoy, quiero confesarlo,
reina sobre todo.
Y para reinar,
su concepción es simple:
En mi cuerpo,
nos dice,
(y ella tiene variadas maneras de decir)
todo es sobremesa,
barrigas descomunales y cigarros,
que pueden fumarse tranquilamente.
En mi cuerpo,
todo es atardecer
y unas veces blanca y perfumada,
danzando entre cisnes también blancos y olorosos,
y otras veces,
ensangrentada y nocturna,
fría y natural,
momificando su sonrisa siempre a una hora determinada,
abre las ventanas de su corazón,
abre desaforadamente sus flujos marinos.
Ella en su casa también es poesía
y entreabre su piel,
porque la piel también es un agujero
y en esas heridas,
se petrifica el universo.
Cuevas y salientes por doquier,
deforman su cuerpo en el intento de abarcar,
todo lo que produce.
La marginalidad,
aparente espacio donde zozobra su poderío,
es también,
un espacio de su propio cuerpo,
alejado de su poder y estrechamente ligado a su corazón,
ya que en esas márgenes que son todavía su cuerpo,
viven,
y cantan sus canciones los marginales.
Sus apasionados amantes secretos.
Viven como si fuera contra ella,
para soñarla y en los sueños,
ella no deja de reinar.
Todo sueño es verdad.
Toda verdad es sueño.
Y cuando el mundo se llenó de verdades y de sueños,
cuando ya era imposible sostener en un solo cuerpo tantas direcciones,
ella,
inventora de lo inconcebible,
parte su cuerpo en dos,
y olvida.
Y mientras lo olvidado no retorna,
ella es dos.
En un solo ser,
una que hace lo que puede
y la otra que hace lo que no puede.
Se trata de la misma historia,
una mutilación y su doble.
Un mundo sin acción,
como decía,
petrificado.
Ya que uno no puede,
por carecer de todos.
Y dos,
es la posibilidad de la mirada de uno.
Y el tercero no existe,
porque el tercero es lo olvidado que retorna.
Y hasta aquí,
como vemos,
y en la cúspide de su poderío,
ella propone para el hombre:
ser uno,
o bien,
su propia imagen,
o peor aún,
cuando ella atardece
y los rumores del lago son propicios,
ser,
en el inconcebible retorno de lo reprimido,
un recuerdo.
Un grito.
Una caricia.
A veces un olor.
Y tengamos cuidado,
porque cuando ella no sabe qué decir,
inventa la muerte,
para reinar majestuosa también sobre el silencio.
Ella es una asesina y dice la verdad:
más allá de mi cuerpo,
o la reproducción de mi cuerpo,
o la muerte.
En mi cuerpo todo.
 
Miguel Oscar Menassa
De ¿Perversión? o ¿la muerte de la palabra? y Psicoanálisis del amor, 1978

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