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lunes, 25 de junio de 2018

POESÍA 2000

 
Deshojados rumores del tiempo
se abanican sobre mi cuerpo ya dejado de lado.
Son instantes que huelen a podrido, a carne agusanada.
Dejo volar mis manos
y el fin de siglo se conmueve por la pureza de mis gestos.
El apocalipsis esperado era esta página.
En medio de la guerra,
en medio de la guerra atómica,
en medio de otras guerras,
la guerra sucia, la guerra fría.
En medio de la droga, la pólvora,
la mutilación, la muerte,
el sida silencioso,
ha nacido el poeta.
Aquí me tenéis, soy el ejemplo posible.
En medio exacto de la locura universal,
vivo, no padezco de nada y cuando canto,
es una carne ajena la que canta en mi voz.
Soy los arrebatos inquietantes de la lengua,
una serpiente aligerada de su propio veneno,
sólo el movimiento de reptación al infinito,
luces perdidas negros senderos del silencio.
Soy un humano terrestre, lleno de algarabía,
la luz, que se bebe el futuro para contarlo.
Voz sin ecos, equilibrada voz sin ecos, voz.
El hombre me esperaba, suave caricia desgarrada,
que dejará en el inocente terráqueo sin medida,
sonora resonancia abierta, huellas de libertad.

Miguel Oscar Menassa
Del libro "La patria del poeta", 1991

jueves, 16 de febrero de 2017

LA MUERTE, UNA CONSECUENCIA LÓGICA DE LA PALABRA

La muerte, una consecuencia lógica de la palabra
Hombre,
hombre
hominis putrefactus,
aléjate de mí,
soy tu señora,
la muerte.
Nada de altanerías,
tú,
mi pequeño hombrecito de palabras,
tú,
debes desearme.
Soy un preciado don.
Una especie de deseo común,
UNIVERSAL,
perenne,
una especie de emblema para tu mundo humano.

Úvula hambrienta entre mis capas.
Una caída última.
Deseo,
mi pequeño,
tu deseo:
vendas de opaca seda para tus ojos
y mi amor.
Ceguera y beatitud
para mi niño,
ceguera y soledad.
Soledad
y diamantes
y perlas negras
y un sabor de igualdad definitivo,
humano,
de último momento.
Querida muerte:
a tu pesar,
a mi pesar,
la historia continúa.
Nuevas caras,
nuevas promesas,
nos harán vivir.
Y otra vez el callejón,
será sin salida.
Y una vez más será necesario,
el estallido de una pasión para iluminar la calma;
para iluminar; el sordo murmullo de la muerte:
Ha llegado el tiempo de las luces de neón,
la noche no existe,
te esperaré,
lo hemos decidido,
viviendo.
Y nada,
que serás mi amante,
y me amarás
y harás caer un manto de olvido sobre mis ojos.
No te diré,
ni amor,
ni amada,
ni azucena voraz contra mi pecho.
Te diré,
mierda,
salvaje puta entre los sueños de amor,
me dás,
lo que le das a todo el mundo,
te llamo por tu nombre,
tú eres,
la señora del Otro,
en general,
la muerte.
Te espero, en el final,
como se esperan las catástrofes,
allí,
te espero.
Ni orden, ni desorden para el encuentro,
como en un sueño,
como en una ilusión,
es
simplemente un anhelo lo que deseo.
Una simpleza para el alma,
un regocijo profundo,
instantáneo.
Y por ahora,
no quiero cambiar.
Ambiciono,
todo lo que poseo,
esa nada,
ese ramillete de anhelos desfallecientes.
Soy,
para mí queda claro,
una bestia.

Miguel Oscar Menassa
De "Grupo Cero ese imposible y psicoanálisis del líder", 1979