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martes, 11 de abril de 2017

PEPE Y EL SEXO


El sexo, el sexo,
divina porquería
que todo el mundo
quisiera controlar.

El sexo, el sexo,
divina porquería
que todo el mundo
quisiera controlar.
El sexo, el sexo,
humana cosa
que cada tanto aflora
y grita enloquecido
de ciega libertad
y se abalanza y toca
y en todo lo que toca
delirio y fuego
danzan ese compás.
Que viene, te desborda,
te ata, te hace volar,
que ningún amor podrá
con esa piel desatada
a la que sólo interesa
ser tu amante y tu patrón
para poderte decir:
Ven, hagamos el amor,
aunque nada te prometo,
no sé si me gustará.
Y esas fueron
las últimas palabras
que dijo
el hombre aquél.
Ella, llena de furia,
lo comenzó a chupar
pero lejos, muy lejos
de la zona genital.
Ella jugaba
y se divertía.
El hombre gozaba
mientras se moría.
El sexo, el sexo,
divina porquería
que todo el mundo
quisiera controlar.
El sexo, el sexo,
divina porquería
que todo el mundo
quisiera controlar.
Y el corazón humano
no puede con la bestia
y el hombre entontecido
mata su corazón,
mata su corazón,
mata su corazón.
Y ya nadie llorará por él.
sólo el caballo,
la yegua amada,
el mandril azul
la serpiente embobada.
Después, al volver
del encuentro
con la bestia,
no habrá nada
en su lugar,
ni siquiera selva habrá.

Miguel Oscar Menassa
De "Canciones [2003-2004]

lunes, 23 de enero de 2017

CARNAVAL DE LA TERCERA EDAD O CÓMO LLEGAR A LOS 100 AÑOS


Somos la tercera edad
y en el carnaval estamos...
para festejar la muerte
de todo lo que hace mal.

Me hace mal, me hace mal,
gritaba la señora,
que después de los setenta
todo el mundo te respeta.
A mí me divierte mucho
pero me hace mal, muy mal,
que cuando hablan los jóvenes
defiendan no saber nada.
Yo soy una mujer libre
y tengo setenta años
pero trabajé a destajo
desde que cumplí los diez.
Y si alguien se sorprende
de que yo vivo tan bien
casi sin enfermedad
y la piel una pintura,
yo les quiero aconsejar:
para no morir en vida
hay que bailar y follar
en cada oportunidad.
Y si nadie quiere
bailar ni follar
leeremos un poema
y no nos irá tan mal.
A la letra, a la letra,
dice la muchacha.
Ábrete un poquito
le dice el mocetón.
Y el poema viene y va
y al mundo todo entretiene
cuando las palabras dicen:
Tonto, tonto, tonto es
el que se pone a pensar
cuando le toca bailar,
cuando le toca vivir
el goce de los setenta.
Me hace mal, me hace mal,
que a los setenta años
mis nietos no me dejen
ver la televisión.
Y dale con que al abuelo
la guerra le hace mal
me perdí cuatro películas
y las noticias, fatal.
Y después, temen mostrarme
los programas infantiles
por las dudas algún chiste
me toque muy bien los nervios.
Y después, de lo sexual,
ya nadie me quiere hablar
como si yo apestara
o no sintiera ya nada.
El otro día escuché
que se contaban un chiste
donde era fácil escuchar
del lobo el intenso aullido.
Le preguntan al abuelo
cuánto tiempo ha pasado
que con la abuela no hacen
pim, pam, púm, pim, pam, púm.
El abuelo, pensativo
y levantando los brazos
produce un aullido tal
tan potente y prolongado
como indicando: Que allá,
alguna vez ha gozado.
Pero hay algo que no saben
los ingenuos comediantes:
que el abuelo galopó
yeguas de cualquier pelaje
y a la mujer en su corazón
le hizo un pequeño trono
y la dejó sentada
casi dos semanas
mientras él bailaba
en el carnaval.
Cuando despertaron,
ella, embellecida,
dijo que lo amaba
y que su amor
sería para siempre,
para toda la vida.
¡Toda la vida! no me gusta
hace mal, muy mal,
gritaba el abuelito
mientras bailaba el can can.
Mas ella, enternecida,
le respondió con gracia:
Ya sé, no soy la única
ni cuando te cocino
la tortilla de patatas.

Miguel Oscar Menassa
De "Carnaval de la Tercera Edad"